Una loca vagando por la ciudad sin sueño, una loca siguiendo el viento gélido y muerto, una loca guiándose por los restos de sus esperanzas rotas y hechas migajas que solo muestran el esbirro de lo que pudo ser y no fue.
¿Qué cosa se le dice a un alma rota para cerrar las heridas? ¿Qué aguja e hilo se usa para suturar heridas tan profundas que atraviesan a un pequeño corazón seco?
Entre nubes de polvo cubiertas están las memorias de lo que una vez esa loca soñó, ese mundo utópico en el que una vez se sintió inmersa, y no es ahora mas que una fotografía descolorida y olvidada al fondo de su encéfalo, pequeñuelas descargas que cosquillean entre circunvoluciones pero que abren cada vez que salen una puerta hecha de navajas afiladas que cortan todo tejido en su paso.
Las costras del alma no se notan, las cicatrices no se vislumbran y el dolor nunca se cura; si pasa finamente una mano cerca de la herida cerrada en falso el dolor florece en rojas flores entintadas de sangre, flores secas, flores muertas, una por cada puñalada asestada en la fragilidad de esa alma.
El cuerpo vaga en la solemnidad de la ciudad sin sueño, ya que la loca no puede permitirse soñar, los sueños hechos de carne y hueso terminan como la misma carne y el mismo hueso, muertos y putrefactos, purulentas manos acariciando la inmortalidad del dolor, monstruos que esperan en la esquina para engullir los corazones, princesas enllagadas supurantes y fétidas pero dueñas de tesoros inimaginables que los impuros no pueden ver, sueños son solo sueños.
La vida comienza con el suspiro de un sueño y como un mismo sueño ha de concluir…